Recuerdos de verano en Sant Antoni de Calonge

Me gusta Eva Hache. Su estilo, sus gestos, siempre me ha encantado todo lo que ha hecho, me hace reír y encuentro que interpreta a la perfección los textos. En uno de estos “Club de la comedia” que debo haber visto un millón de veces, hay uno de los monólogos que habla sobre los pueblos: “Todo el mundo tiene un pueblo. Los pueblitos buenos donde los niños hacíamos… “ y durante unos minutos explica todos los clichés y peripecias que se supone que hacen los niños en los pueblos: correr solos por el campo, experimentar con insectos/animales, jugar con piedras… etc.

La última vez que lo escuché pensé: “Yo no he tenido pueblo”. No tenía, para nada, el recuerdo ni el sentimiento de haber vivido estas historias, pero este verano, después de unas cosillas que os contaré más delante, estuve pensando en dónde iba yo a veranear.

NataliaIBIDRecordé que, hasta la adolescencia (época en la que lo único que quería era quedarme en la ciudad), los días felices de mi vida, todos y cada uno de ellos, pasaron en Sant Antoni de Calonge.

Allí sí recuerdo ir, de muy pequeña, sola por la calle, recuerdo pasarme ratos en el agua jugando, buceando, recuerdo ir a buscar pizza para comer que, como alimento exótico en aquel tiempo, podía comer una vez la semana de “Il Padrino” y no resistir volver a casa sin abrir la caja y comerme los pequeños cortes cuadrados de jamón dulce que había por encima. Recuerdo haber tenido mi primer “grupo de amigos” y sentir que me hacía mayor; los helados de Guillermo de La Jijonenca, yo me pedía un “cono supermán” con una bola de limón y una de chocolate, ir en bicicleta todo el día arriba y abajo sin ningún objetivo concreto, ir a casa de las amigas sin haber quedado previamente a ver si estaban, escuchar por el balcón como te gritaban desde la calle: “Nataliaaaaaaa” y yo salir corriendo para decir una frase que ya se ha hecho célebre a mi familia: “¡Me peino y bajo!” con el ansia del que piensa que si tardas más de 2 minutos las amigas se irán y no volverán nunca más… Comer o cenar en casa de cualquier conocido que te acogía como si fueras hija suya… Recuerdo reír, cantar, la primera vez que bailé con un chico y sí, fue como en las películas americanas, él cogiéndome por la cintura y yo con los brazos completamente estirados cruzar los dedos por detrás de su cuello mientras sonaba “Nothing compares to you”, recuerdo como una amiga se enfadó justamente por eso y descubrir por primera vez los celos y la envidia; recuerdo cuando fui por primera vez “de paquete” en una moto, la primera vez que probé el tabaco y la cerveza… ir a la playa de noche… salir e inventar que se me había parado el reloj para volver 10 minutos más tarde a casa…

Aparte de todos estos recuerdos, que en realidad son muchísimos más, hay unas sensaciones especiales, unas sensaciones que tengo grabadas en el corazón porque que me encantaban y sólo de pensar en ellas las puedo revivir.

Amo caminar descalza por la calle. Es algo que no podía hacer casi nunca porque si me veían mis padres me regañaban, pero yo, siempre que podía, al volver de la playa (no era tan rebelde como para hacerlo en otras ocasiones), volvía descalza. Me gustaba la sensación de notar las piedrecitas del suelo pinchando mis pies y, años más tarde, cuando asfaltaron todas las calles, me encantaba pisar el asfalto caliente, quemando muchas veces, y sentir aquel calor en los pies. A mediodía tenía que volver a casa hacia las tres menos cuarto y a esa hora, en verano, el suelo quemaba, había un silencio absoluto ya la mayoría de gente estaba en sus casas para comer. Una de las cosas que me fascinaba era escuchar, desde la calle, los ruidos de los platos cuando ponían la mesa, los cubiertos sacándolos del cajón, una televisión de fondo y, por encima de todo, tengo idealizado el escuchar batir un huevo. Me explico. Todos aquellos sonidos que me acompañaban a mediodía mientras volvía a casa, eran sonidos de otras casas, otras familias, que, como yo, se preparaban para comer todos juntos. El hecho de oír el ruido del tenedor contra el plato para batir un huevo desde la calle, era como si estuviera viendo mi abuela preparándome la comida…

Y así era, cuando llegaba a casa, mi abuela ya lo tenía todo listo. Tenía que pasar por la ducha antes de comer sí o sí, y mientras me duchaba seguía escuchando ruidos por la ventana del baño, otros pisos, otras familias, otras comidas, otros olores, todo hacía de preludio de la gran catarsis que significaba sentarse en esa mesa para comer con mis abuelos y, a menudo, con mi tío. Mis abuelos lo fueron todo para mí y estas sensaciones me acompañarán para siempre.

Las amigas de aquel tiempo también fueron muy importantes. ÉramosIMG_0085 unas cuantas, pero Berta, Magui y Mima eran especiales. Hoy mismo iría a su casa a buscarlas como entonces, hoy mismo me pasaría horas vendiendo conchas en el paseo de mar sobre una caja de cartón, hoy volvería a sentarme con Mima en el sofá para ver a Olga Viza en las noticias y  escuchar cómo me contaba que de mayor quería ser periodista como ella, me escondería de nuevo bajo de las escaleras de los apartamentos para fumarme un cigarrillo con ella, iría en bici a su lado cantando canciones de Sopa de Cabra y, aún hoy, intento no perder la sensación de libertad y pasión por descubrir el mundo que teníamos entonces. Era como un reducto donde podíamos hacerlo todo, donde nada malo podía pasar, un reducto que compartimos durante más de 10 años, cada verano de nuestra vida.

Hay todavía unas últimas sensaciones, ligadas a estas, que os quiero contar: las de mi amor por la música. Como la mayoría de pueblos de verano en aquella época, en Sant Antoni de Calonge, cada semana teníamos “bailoteo”. En realidad era una orquesta, pero en mi casa le llamaban “bailoteo” porque yo iba, principalmente, a bailar. Bailar es una actividad que siempre me ha encantado y escuchar música en directo también. Así pues, creo recordar que los jueves por la noche, bajábamos a ver la orquesta. De todo lo que recuerdo que tocaban, mi preferida era “It ‘s the final countdown”. Eso sí era una catarsis. Si sumamos como nos sentíamos de libres y mayores en ese momento, con esta canción, era realmente como el anuncio “La sensación de venirse arriba”. Paralelamente a todo eso, yo estaba “enamorada” del guitarrista y entonces, como comprenderéis, todo tiene más gracia. Pero esto de la música y mis enamoramientos musicales os lo cuento porque, todos estos recuerdos que acabo de escribir, me han venido a la mente gracias a un grupo de música, hace unos días.

NatCBFWEste verano tuve la suerte de participar en el Costa Brava Fashion Weekend con nuestra marca de moda y decoración sostenible IBID. El Costa Brava Fashion Weekend se hace en Sant Antoni de Calonge y, sólo por eso, ya me hacía una ilusión especial. Volver aquí tantos años después, habiendo creado (o intentando crear) un blog y una marca como IBID, suponía volver a ver a mi Natalia pequeña y poderle decir: “Mira todo lo que he conseguido”. Me sentía orgullosa de mí misma y tenía muchas ganas de ver el espacio y conocer a la gente que lo montaba. Había visto que hablaban de sueños, de dreamers y, aunque ya me parecía que la cosa iba más allá del postureo, como se dice ahora, quería estar segura. Me daba miedo volver a un lugar tan especial y “traicionarlo” con palabras vacías de sentido.

Fueron dos días geniales. Vi una organización implicada con las ideas que promovían como pocas veces he visto, más allá de la imagen, más allá del postureo, hablaban de sueños y se hicieron realidad. Todo el mundo tenía ilusión y se notaba en el ambiente. Una estética cuidada al detalle, actuaciones musicales, una pasarela preciosa, en fin, un evento pensado con el corazón. Pensado con el corazón fue también el cierre. Un concierto de la Orquesta Diversiones, en pequeño formato, fue la guinda del pastel. Allí descubrí que los Diversiones son de Sant Antoni de Calonge y aquí es donde se cierra el círculo.

Para los que no conozcáis a la Orquesta os dejo aquí un vídeo, que he hecho yo misma con algunas imágenes de este verano, para que veáis qué quiero decir. Cada vez que los veo es como si me trasladara a mis jueves de “bailoteo”, es un dèjá vu 25 años después.

No paro de reír, saltar, son alegría al 100% y estoy feliz de poder verlos cada verano y no olvidarme nunca de estos sentimientos. Gracias por hacer lo que hacéis, por seguir enamorando niñas (¡y no tan niñas!), por dejar tanta energía en el escenario y por formar parte, estad seguros, los recuerdos de tanta y tanta gente que, en el futuro, no podrán pensar en el verano sin acordarse de vosotros y, por lo tanto, de Sant Antoni de Calonge.

De este modo, este verano, he descubierto que yo también tenía un pueblo. Que es un pueblo maravilloso que todavía hoy, con todos los cambios que ha sufrido, hace y pasan cosas maravillosas.

Este post va dedicado a todas las amigas de ese momento y, en especial, a Mima. Soy muy afortunada de haber vivido las primeras experiencias de mi vida a tu lado y estoy muy contenta de recordarlas así. La dedicatoria a los abuelos no es necesaria que la haga porque les dedico cada día que pasa en mi vida.

¿Cuál es tu pueblo?

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20 septiembre, 2015

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